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Maternidad

No hay mal que por bien no venga

Yo muy positiva no es que sea, la verdad, pero si una cosa he aprendido es que lo mejor que podemos hacer en la vida es ver el lado bueno de las cosas…
Y lo aprendí 10 días después del nacimiento de mi hijo, bueno, para ser exactos, 11.

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El 1 de septiembre de 2015, vivíamos como en una nube, mirando embobados a nuestro peque recién nacido como cualquier padre. Fué un día lleno de visitas en el hospital , llamadas y mensajes, y cuando al fin nos quedamos los tres solitos disfrutando un poco de nuestra intimidad llegó la pediatra a darnos una “mala” noticia, así que poco pudimos disfrutar…

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Pongo mala entre comillas porque, una vez pasó la tormenta, la noticia quedó en nada, pero en ese momento para nosotros fue lo peor del mundo.

Mi parto había comenzado con una fisura en la bolsa y no sabían cuánto tiempo podría llevar rota, ni si habría llegado alguna bacteria al líquido amniótico y por lo tanto al bebé, así que por seguridad, y de forma rutinaria, debían hacerle un par de analíticas y comprobar que todo estuviera en orden. Una analítica por la mañana y otra por la tarde. Ahí es donde viene la mala noticia… La analítica había salido alterada y existía la posibilidad que Oliver hubiera cogido alguna infección.

Recuerdo que antes de darnos la noticia, la pediatra nos preguntó qué tal el primer día de vida, y mi marido, tan orgulloso le contestó: “genial, míralo el tío, está hecho un roble!”

Y entonces la cara de la pediatra cambió por completo… “Bueno, el análisis de sangre ha salido bastante alterado…” bla, bla, bla, bla, bla… yo ya no oía nada… “y tenemos que ingresarlo 10 días para suministrarle antibiótico”

Se me calló el alma a los pies!! La explicación de la pediatra no sirvió para nada. Miré a mi pequeño, y rompí a llorar. Lo abracé y sentí el mayor pánico de mi vida.
Lo metieron en una cuna, y se lo llevaron a la sala de neonatos.

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Cuando algo te golpea así de duro, creo que el instinto de supervivencia, de alguna forma, lo acaba borrando de nuestra memoria y así evitar dolor. No soy capaz de contaros que pasó minutos después porque no lo recuerdo. Entré en un estado de shock. Se llevaban a mi niño, lo iban a ingresar y estaba muerta de miedo por lo que le pudiera pasar.

Es increíble, como en cuestión de minutos nos puede cambiar tanto la vida… Estaba a punto de irme a casa con mi familia, y de repente me encontraba en la sala de espera de ese sitio tan feo sin saber qué sería de nosotros, sobretodo qué sería de él.

Estábamos muy nerviosos, yo especialmente histérica, asustada, negativa. Lo veía todo negro y lo único que podía pensar era en las dos palabras que había escuchado de la pediatra: Sangre e infeccion! Imaginaos la de películas que me monté en mi cabeza! No sabíamos muy bien qué es lo que estaba pasando, si tenía alguna enfermedad, si se pondría bien, si era grave, si no… Mi marido, como siempre, intentando controlar la situación. Esa facilidad que tiene para hacer como que no pasa nada, cuando por dentro tiene la misma angustia que yo.

Las horas de espera se hicieron eternas…

En el Hospital donde yo dí a luz, neonatos y la Uci, están en la misma sala. Es un recinto cerrado, y el acceso está restringido. Sólo tienen derecho al acceso el padre y la madre pero nunca juntos. Bueno, sí, hay una norma muy generosa que permite la visita conjunta de ambos 45 minutos al día. De verdad creen que son suficientes? La persona que se queda a cargo de su hijo ingresado, necesita el apoyo de su pareja más que nunca, pero bueno, esto ahora no viene al caso…

En ese momento, nos dejaron entrar a los dos juntos y nos explicaron el funcionamiento de todo. Nada más entrar vimos a Oliver en una cunita, con la vía puesta y conectado a una máquina que pitaba continuamente. Casi me muero de la pena… Gracias a una de las enfermeras, Patricia, que nos trató con muchísimo cariño y comprensión y nos explicó todo de maravilla. Hay gente maravillosa trabajando en ese lugar y es de agradecer.

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Para saber si Oliver había cogido algún tipo de infección debían hacer un cultivo con una muestra de su sangre. Como medida de seguridad, el antibiótico lo empezaban a suministrar desde el primer instante, sin saber todavía los resultados del cultivo, así prevenían a tiempo.
Al segundo día del ingreso a mi me dieron el alta, y me tuve que ir a casa con los brazos vacíos. Pero qué tristeza por favor!!! Suerte que sólo serían unos días más y pronto nos iríamos a casa los tres juntos.

Al cuarto día llegaron los resultados. Negativo!!! Que alegría! Oliver estaba sano sanote, peeeero, por protocolo (como llegué a odiar esa palabra por favor… ) el tratamiento de antibiótico debía suministrarse los diez días obligatoriamente así que siguió ingresado hasta el final.

No veas la gracia… Fueron los peores diez días de mi vida, pero bueno, por lo menos sabíamos que estaba sano y eso era lo que importaba.

Sabéis que fué lo único que me alivió pasar los días ahí?
Los mellizos de mis mejores amigos, que acababan de nacer prematuros unas semanas antes, estaban justo en las cunas de al lado de Oliver y pude disfrutar de verlos cada día y de compartir sensaciones con sus papás. Algún día les contaremos esta anécdota y nos reiremos juntos.

Esos días en el hospital, lo viví como un período de adaptación a la maternidad en el que profesionales con experiencia te ayudan y asesoran con los cuidados del recién nacido. Es como si alguien, con su barita mágica, hubiera decidido darnos unos días más de cortesía para adaptarnos a nuestra nueva vida antes de irnos a casa siendo tres.

Las enfermeras se encargaban de todo excepto de su alimentación (teta a demanda) y de los mimitos que para eso ya estaba yo, aunque he de decir que ellos también se los dan si es necesario. Los cuidan como si fueran suyos. Me gustó mucho ver como trataban a los demás bebés cuando sus padres no estaban y eso me dió mucha tranquilidad.

Yo me pasaba el día metida allí, pegada a su cunita. Salía para comer y dormir. Dormir por decir algo… Por la noche mi marido iba a darle un biberón de mi leche y lo dejaba durmiendo y el resto de las tomas nocturnas se las daban las enfermeras.

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Los primeros días me quedaba las 24 horas, pero decidí volverme a casa a dormir, por que las noches ahí eran horribles, y sentía que debía descansar y recuperarme antes de que le dieran el alta a él. Además, te das cuenta, que ahí la mayor parte del tiempo en la noche, molestas, por que tu niño duerme y tu solo haces que dar vueltas por los pasillos.

Aprendí a cambiar pañales, a bañarlo, a darle pecho o biberón, a sacarle los gases, a calmarlo, a dormirlo… Con el día a día rodeada de expertas y bebés y viendo como lo hacían ellas. Cuando llegamos a casa, la sensación era de haberlo aprendido todo y no tuve ni dudas ni inseguridad absolutamente en nada. No digo que de no haber sido así, habría llegado a casa hecha una torpe sin saber que hacer, para nada! A lo que me refiero es, a que los días allí fueron duros pero nos facilitó un poco las cosas. Como por ejemplo las tomas de pecho, que Oliver se acostumbró a comer cada tres horas sobretodo por la noche como hacía por obligación en el hospital cuando yo no estaba, incluso cada 4 o 5 horas, y eso puso muy fácil el principio con la lactancia materna. Estoy segura que si no hubiéramos pasado por esas noches de separación, la lactancia habría sido totalmente diferente, como suele ser con la mayoría de recién nacidos, que se pasan el día pegados al pecho. Además eran tantas las horas que estaba en el hospital sin hacer nada mientras Oliver dormía que yo me dedicaba a sacarme leche. Así, ayudaba a estimularme para la subida de leche, almacenaba para el día que me hiciera falta, y aprovechaba las horas tan largas allí.

Habría preferido aprender todas esas cosas en casa, como hace la mayoría de la gente, y no haber pasado por ese mal trago, que al final por suerte quedó en nada, pero como no pudimos elegir, me propongo sacar algo positivo de esta experiencia y pensar que “No hay mal que por bien no venga”

Y desde aquí aprovecho para dar ánimos a todos esos papás que pasan largas temporadas en el hospital con sus pequeños tesoros y que sufren constantemente por ellos. No quiero imaginar lo duro que debe ser…
Así que, mucho ánimo y mente positiva!

Un besito y hasta el próximo post.

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